Las funciones vitales me abandonaron, expectorándome de la categoría de los vivos; mas el cisma del alma y del cuerpo se reservó su manifestación, constituyéndome profano de cujus en tanto usuario del lecho temporal y no eterno.

La consciencia, fecundada en un cóctel de químicos desbordados de un apagado cerebro, poseyó mi mente negada a la abdicación y me permitió presenciar la manifestación de mi cuerpo, anímico por acto aberrante de una biología que se permitió el experimento de animar el cuerpo del producto engendrado de mis padres; inyectando, en la etapa posterior al óbito, fuerza motriz reservada sólo para los habitantes de corazón palpitante.

La morbosidad se disfrazó de maravilla y los hombres vivos, que la expresaron ante mi resurrección, interiorizaron la miopía reclamándome súbdito de su reino, ignorando adrede la evidente descomposición de la que son partícipes mis tejidos y carnes y de los que yo mismo siento como los ácidos y las larvas engullen sin que les importe que la aberración de la que soy presa permita el ánima en fenecidas articulaciones.

Morí un veintinueve de septiembre de mil novecientos setenta y nueve, mantuve mi cuerpo funcionado treinta y tres años.

Solía ser ciclista del catálogo de los aficionados. De niño, una bicicleta cuya procedencia mis padres endilgaron a la mano de obra gnómida septentrional, despertó mi pasión por las dos ruedas a pedal, pasatiempo de por vida cuyo entrenamiento cultivé con lacedemónica disciplina y que, en la exhibición de mis habilidades en torneos de elevado postín, me permitió sufragar los estudios académicos del tercer nivel y algunos caprichos innecesarios que quedaron para el registro cerebral bajo la nomenclatura de «felices».

A los treinta años compré una Zeus 2000, una joya cuyo modelo secundaba las naves que cabalgaban las grandes ligas que no aceptaban demostración de músculo ciclista en concursos que, como mínimo, se cuantificaran bajo la métrica internacional.

Cierta jornada, el chofer de un camión de carga pesada arremetió su carrocería contra mí y mi bicicleta, proyectándome al vacío en una curva ascendente que describí luego en descenso, o eso supuse dada mi instrucción académica sobre las leyes de la física; pues la raudez del accidente desbordó las capacidades de procesamiento de mi cerebro, impidiéndome interpretar lo que, tras ser disparado, significaba que mi mirada estuviera durante fracciones de segundos divisando el horizonte entre el cielo y el asfalto.

Eso es todo cuanto pueda relatar de mi vida. Lo que vino a continuación, fue peor que mantener el alma en pena: mi cuerpo se levantó desarraigado de sus funciones vitales, conducido solo por mi alma que aún seguía encerrada. Observé a todos lados, no con los ojos que reposan en mis cuencas, sino con una insólita percepción visual que después atribuí a mi nueva condición; donde miles de imposibles colores que nunca antes había visto y que jamás podré describir se asomaban desde los borrosos edificios y formas a su alrededor. Una comarca de idiotas celebraba mi aparente salvación del nefasto accidente, ignorando que ante ellos se erguía el cadáver insepulto de un joven ciclista, observándoles con profunda indiferencia.

La primera sensación a la que me acostumbré fue a la de no respirar: los vivos respiran por instinto, los malditos muertos que no parecen estarlo nos descubrimos fuera de la actividad pulmonar, pero el vacío del aire recorriendo las fosas nasales se me antojó incómodo. Persuadido por la curiosidad, inhalé; debo asumir que así fue, porque mis nervios ya no me respondían y no había nada del mundo fenoménico que se me pudiera comunicar bajo la dimensión del tacto. Exhalé y descubrí que mi olfato aún operaba, regalándome un agudo y penetrante hedor a putrefacción que debía estar cocinándose en mis pulmones y diafragma.

Cada mañana, un rostro sin aliento y con ojos vidriosos y oscuros, que daban la impresión de contemplar siempre el vacío, me devolvía la mirada desde el espejo. Sus rasgos se mostraban insondablemente envilecidos por el tiempo, degenerados más allá de la decrepitud de la ancianidad; dibujaban contornos penetrantes que descubrían un tejido necroso que en otra época llamaba piel y que ahora amenazaba con desprenderse a jirones. Su cráneo, asimétrico, se hundía sobre un hemisferio derecho cerebral ausente, contrariando con su convexa geometría la cóncava superficie siniestra que aún conservaba para la colección de mis piezas humanas fúnebres.

Perdí un hemisferio del cerebro. Debió haber sido durante el accidente.

Donde antaño afloraban mis cabellos, ahora una desértica calvicie coronaba mi cabeza, brillante bajo los fotones de la bombilla de luz. Me toqué la cabeza, pero mis dedos no pudieron transmitirme la textura de mi mutilado cráneo. Acaricié mi rostro, cuyos lienzos de piel negra se deshacían con el roce de mis extremidades finales.

Estoy muerto y estoy maldito. Soy un alma en pena encerrado en la piel de un cadáver que se me permite mover.

Cierto día, de aquellos cuya contabilidad abandoné, mis dedos se desprendieron, quedando adheridos a la superficie de mi cama; un tropel de gusanos se asomaba por ductos que, comiéndola, atravesaban la carne de mi quebrada extremidad. Observé mi antebrazo, la separación abrió grietas de la que emergió un líquido espeso carmesí que identifiqué como sangre coagulada, acompañada de otra sustancia fuera de mis capacidades de individualización, pero cuyo hedor de putrefacción habría desarmado incluso a las narices tanatólogas de huesos amarillos. No había dolor ni expresión, tan solo mera contemplación, como de un observador divorciado para siempre de sus emociones.

Lavé la herida pero la sangre no corrió y las grietas exploraron nuevos horizontes. Abandoné la empresa y me senté sobre el inodoro, instrumento higiénico que no conocía mi uso desde el día de mi muerte. Aún comía, pero cada vez menos: los alimentos debían reposar sin actividad alquímica estomacal hasta el desborde.

Posé mi única mano sobre mi hinchado abdomen, su color purpúreo de reciente adopción daba nuestras anticipadas de una inminente fisura liberadora de pestilentes gases y químicos gástricos que acompañaban a la descomposición.

A cierta hora, una señora de circunferencias prolongadas y ataviada con una bata de felpa que debía sumar un par de grados a su temperatura corporal se asomó, sin que yo advirtiese en su presencia, y me saludó con profunda tristeza; la observé con indiferencia, como si no se tratase más que un cúmulo de átomos comprimidos moviéndose a través del espacio. La contemplé mientras ella me dedicaba una mirada maternal pero herida, siempre viva, pero agonizante. La reconocí, pero la mortandad me impidió amarla; ¿hace cuánto tiempo había dejado de producir oxitocinas?

Quien diera luz a este exinanido se me aproximó con parsimonioso paso, como si las piernas consumidas por la edad le pesaran más de lo que un engendro fenecido abrumara. Su semblante, que no habría desentonado en mi deseado funeral, no era lo suficientemente opaco para competir con las sensaciones deprimentes que me acompañaban en la mortandad.

Bajé la vista y la ignoré, decidiendo etiquetar de ignota su presencia. Advertí que una sombra se hundía sobre mí y unos brazos ancianos pero delicados me rodearon tratando de transmitirme calor, humanidad y apoyo. Jamás respondí a ellos.

-Te quiero, hijo-, fueron las palabras que le acompañaron.

Observé mediante las sombras que producían, el movimiento de sus manos alrededor de mi cabeza, describiendo caricias que yo era incapaz de sentir. La presencia de la que una vez fue mi madre se prolongó más allá de la hora; escuché cómo gemía en llantos ahogados y deprimentes. El espíritu de mi madre también se estaba descomponiendo.

En cierta ocasión, un escuadrón de individuos con los que de compartía vínculos sanguíneos se autoconvocaron a una reunión de carácter familiar. La rueda de la fortuna debió favorecerme, pues mi presencia no fue invitada, dejándome libre para esperar el momento de mi definitivo deceso.

Fue una reunión de escasa algarabía: un coro teñido de tonos melancólicos pronunciaba con desarraigado ritmo deseos de un feliz aniversario de vida a una tal Maritza que recordaba como mi hermana. Tras lo que supuse sería la repartición de la clásica torta, aquellos destellos de alegría dieron lugar a unos susurros que invitaban a la conspiración. Me acerqué silenciosamente, esperando que el hedor de mis carnes no advirtiera mi presencia. Los susurros rebotaban de las paredes con mayor intensidad, hasta que pude escuchar mi nombre y la palabra «loco» en una misma oración.

-Tenemos que llevarlo a un psiquiátrico, esto se está volviendo insoportable.

-No tengo dinero para pagar uno. Toda la plata se me fue en los medicamentos.

-Debe haber alguna manera, Mónica.

-Sí, entre todos te ayudaremos.

«No estoy loco, estoy muerto».

-No quiero abandonarlo…

-No lo estás abandonando…

-Para entrar a un hospital psiquiátrico, primero debe pasar el examen con un psiquiatra, ¿no les parece?

Las voces, cuyas identidades naufragaban entre el difuso catálogo de gentes que de la memoria se me escapaban, continuaron pronunciándose intentando explorar soluciones sobre alguien cuya única solución -la muerte- se le había escabullido.

Regresé arrastrando los pies a mi habitación, cabizbajo y advirtiendo que mi ojo derecho veía formas cada vez menos nítidas.

Una figura humana emergió del cuarto de baño. Era un niño, posiblemente un sobrino; me observó con incombustible terror y lo ignoré mientras continuaba con indómito retorno al cuarto, donde volví a observarme en el espejo: mi ojo derecho se deshacía en espesas lágrimas negruzcas que se deslizaban sobre los contornos de unos cachetes huesudos. Mi inacción fue absoluta frente a tal pérdida.

Me estacioné horas frente al espejo observando, libre de emociones, la descomposición de mi órgano visual. Todo cuanto quedó al final de la tarde fue la concavidad ocular vacía y una mancha azabache que desembocaba desde ella hasta mi cuello, como el recorrido de las lágrimas de una vela negra.

No sé cuánto tiempo pasó ni lo que sucedió entre ese día y el momento en el que unos brazos fuertes me sustrajeron de mi esquina, donde yacía sentado de cuclillas mirando el piso, interrumpiéndome el conteo de las larvas que emergían de mi pecho. No ejercí oposición y ello me llevó, tras un confuso recorrido, a un diván frente a un sujeto que me observaba con curiosidad.

El sujeto examinaba con detenimiento lo que identifiqué como mi expediente, buscando detalles de mis conductas que le revelaran pistas que su formación médica identificaría en la categoría de trastornos mentales. Yo aguardaba en silencio, ni paciente ni impaciente, sino abstraído en la nada. Un episodio de rigor mortis manifestaba sus primeros síntomas, acechando mis extremidades inferiores. Preferí no revelarlo.

-¿Sientes algo ahora? -Preguntó, con voz profunda.

No le respondí, no me interesaba. El psiquiatra realizó algunas anotaciones en su libreta.

-¿Señor Perozo? -Volví a ignorarle.

Tomó un estetoscopio y se dispuso a tomar análisis de mi pulso. Lo observé, harto de que nadie concluyera que mejor estaría dentro de un sarcófago.

-No… hay… na…da…

El médico arqueó una ceja, pero hizo caso omiso.

-70 pulsaciones por minuto-, susurró.

«Mi corazón no late».

-Mi… san…gre… no… co…rre… mi…ra-, alcé mi brazo izquierdo, que ahora terminaba en un muñón abierto de codo.

Nuevamente, el psiquiatra ignoró mis demostraciones de defunción.

-Se… me… ca…e… el… cu…er…po-, susurré como pude. Sin pulmones que administren el aire, la función del habla me era casi imposible.

-Señora, su hijo tiene síndrome de Cotard… ¿Está casado el señor Perozo?

El gemido de la señora se agudizó. Yo solo podía observarla moviendo mis ojos.

Ambos se hallaban sentados, separados por un escritorio, a unos tres metros del diván donde estaba petrificado.

-¿Qué es ese síndrome? Y sí, está casado, pero luego del accidente, su esposa se alejó… dice que le tenía miedo.

Tras una pausa, el psiquiatra habló.

-El síndrome de Cotard es una enfermedad mental… lo categorizamos, no sin ánimo de exactitud científica, como «delirio nihilista», por la profunda negación que tiene el paciente de su propia vid…

-¿No tiene cura? -Le interrumpió la señora, notablemente angustiada y con la voz ahogada.

Un silencio incómodo, seguido de un sollozo disimulado, me invitó a asumir un cabeceo negativo del profesional.

-Es una enfermedad mental severa.

«No estoy loco, estoy muerto».

No hubo posibilidad de internarme, aunque ello se me hubiera antojado igual. Con el mayor de mis esfuerzos, insistí a mi madre que iniciara los trámites de mi defunción, pero ella huyó de mí. Fue la última vez que nos dirigimos la palabra.

El rigor mortis, que en otra ocasión atacaba en episodios con periodicidad aleatoria, reclamaba manifestaciones cada vez más prolongadas hasta que el espacio temporal entre cada capítulo fue nulo, arrojándome a sus fauces inmovilizadoras perpetuamente, dejándome postrado en mi cama, sobre la que nunca pude dormir.

Mi cuerpo, por fin, había decidido terminar de morirse.

Múltiples caras, que terminaron siendo todas iguales para mí, venían a mi visita tan solo a llorar, como si por fin hubieran decidido celebrar mi funeral.

Las funciones vitales que aún me ataban a este plano decidieron abandonarme por turnos. La rueda de la fortuna volvía a sonreírme, regalándome aquello que me había sido privado, expectorándome de la categoría de los vivos, estrechando el cisma del alma y del cuerpo, constituyéndome pleno de cujus y al fin pleno usuario del lecho eterno y no temporal.

Las miradas de veinte rostros de iguales geometrías y colores observaban con estupor mi fenecimiento mientras mis sentidos y consciencia se apagaban en el festín de la muerte, de la auténtica paz; a quienes temen los vivos arrodillados al tormento de la vida

Un día de otoño me fui, la nada me abrazó y me hice uno con ella. Mi recuerdo se desvaneció en la sombra del viento y yo, por fin, estoy muerto.