Pregunta a tu madre la hora de tu nacimiento; si es de día, inviértela para que coincida con la noche. Desnudo, párate frente al espejo e intenta verte en la nocturnidad. Fíjate en tus ojos, míralos como te miran y sentirás que tienen vida propia.

La inmovilidad, el silencio y la autocontemplación harán que escuches esas voces insepultas de los miedos, fetiches y rencores que te corroen día a día. Sentirás que no hace falta estar muerto para tener el alma en pena.

Me gustaría volver a hacerlo, pero mi espejo ya no me reconoce. En mi lugar, un concierto de individuos, sin labios, me observan con ojos de maniquíes, inexpresivos y perdidos.

A mis espaldas, una columna de lenguas que sobresalían de la pared como algas se agitaban como palmeras bajo un temporal. Susurraban silbidos siniestros y pronto comprendí que no eran a mí a quien veían los del otro lado, sino a sus errantes lenguas que ahora lamían el aire de mi cuarto.

Los días se sucedieron sin que yo hallase espejo que me reflejase. El sueño y el alimento se me hicieron secundarios y un vacío de sentimientos me esculpía el carácter. En los demás espejos encontraba, desde otros ángulos, a los mismos sujetos añorando sus partes, como si un portal se hubiera abierto desde todas las lunas de la casa.

Una noche intenté repetir el ritual, ignorando a los hombres y a mi propia ausencia. El mundo se oscureció y cuando recobré la vista, sentía que ya no podía parpadear, tampoco hablar. El espejo seguía allí, pero en su lugar, era mi progenitora quien aparecía reflejada, con un muro de lenguas de fondo, enmarcándola. A mi lado, mil hombres sin rostro añoraban sus órganos, y mi madre seguía sin poder verse en el reflejo.


Este cuento participó en el concurso «Crea y Publica tu Historia Tenebrosa» del Fondo Editorial Bookyachay, siendo su límite de 300 palabras para poder concursar.
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