-Buenos días, señora Mariela, ¿cómo está?-, saludé, como todos los días, a una anciana mujer cuya agotada humanidad reposaba sobre una silla mecedora de desvencijadas maderas que recordaba desde que era niño.

-Buenos días-, respondió con voz ronca y con poco interés, su mirada estaba fija en la puerta de hierro por la que yo había entrado, pero apenas advirtió mi presencia cuando crucé por ella.

-¿Cómo está usted hoy?

-Bien, gracias. Esperando a mi hijo, tú sabes: se fue a comprar hace un rato-, carraspeó- pero todavía no llega, seguro se quedó jugando fútbol con los otros muchachitos.

-Seguro que sí, usted sabe como son los niños, señora Mariela.

-Sí, mijo.

-¿No le importa si le acompaño? -Pregunté, con un nudo en la garganta.

Sus ojos por fin me vieron; me examinó brevemente y tras unos segundos, sonrió con excelsa amabilidad.

-Gracias, joven, pero seguro usted tiene cosas más importantes que hacer…

-No se preocupe-, le interrumpí educadamente-. Ahora no tengo nada que hacer y siento que podría yo brindarle buena compañía mientras espera a su hijo.

-Muy amable, joven. ¿Cómo se llama usted?

-Víctor, para servirle.

-¡Qué maravilla! ¡Se llama igual que él! Ojalá y venga pronto.

«Aquí estoy contigo, mamá».

Posé una mano amorosa pero quebrada sobre su hombro. Me senté a su lado, en una silla que ella ya no usaba; allí estuve, esperando a su hijo con ella, con los ojos vidriosos y la garganta seca. La señora Mariela volvía a contemplar con esperanza la puerta, ignorando por completo mi presencia.

No había día en el que no acompañara a mi madre en profundo silencio, esperando siempre al recuerdo de un feliz niño que ignoraba su papel en el capítulo final de la mujer que le dio la vida. Permanecimos en silencio, pero su mente se marchitaba sin que ella lo advirtiera y yo sollozaba por dentro mientras acariciaba sus desgastadas manos.

No supe cómo responderle cuando la enfermedad comenzó a manifestarse, no entendía lo que le sucedía y tras fracasados intentos de razonar con su castigada mente, me irritaba. Una oscura culpa y que nunca me dejaría en paz se me adhirió cuando le diagnosticaron Alzheimer y supe que tendría que despedirme de ella antes de que dejara de pensar, hablar y caminar.

-Ya son las seis de la tarde-, me decía angustiada, pero cansada-, ya su comida se enfrió. Se la puedo calentar y dársela a usted, joven, que seguro él comió en casa de un amiguito.

Olvidé las veces que quise decirle «adiós», pero en el fondo nunca tuve la valentía de aceptar que la consciencia de mi madre se iba. Cada día que pasaba quedaba un poco menos de ella en su cuerpo y yo lo notaba… notaba como Mariela se extinguía y yo nunca pude pedirle perdón por no tenerle paciencia cuando la enfermedad comenzaba a acuchillarle el cerebro, cuando ella todavía era consciente de sí misma.