La lluvia aprilina se precipitaba agresiva sobre las calles de la ciudad, castigando su asfalto, sus techos y a quienes carecían de ellos.

Hallábame solitario, bañado en la penumbra del racionamiento, con la mirada hundida en la nada y los pensamientos evasivos de toda interpretación; me advertí protovegetativo, consumido por la tristeza y la ira, la angustia y la depresión. Todo cuanto era ímpetu, fortaleza y alegría había sido silenciado bajo los azotes de la vida, y de ellos apenas quedaba un recuerdo, un concepto, una mera idea de un pasado que parecía arrancado de mí, que se me decidía ajeno y con el que no me identificaba.

Me entregué a aquel estado pseudocontemplativo en un espacio temporal que jamás logré medir ni con la innata intuición para discriminar un segundo de otro hasta que el inconfundible sonido de los nudillos arremetiendo contra la puerta tuvo que repetirse media docena de veces antes que el catatonismo retrocediera frente a los estímulos auditivos.

Las formas de la sala cuyas luces viajaban hasta mis ojos volvieron a adquirir significado ante mi despertar. Mareado, me sobrepuse con perezosa lentitud y arrastré los pies y el alma por las arquitecturas de mis aposentos hasta estacionar mi maltrecha y malnutrida humanidad frente a la puerta, cuyas dimensiones y fortaleza podrían haberme intimidado si no fuera porque, en una historia donde lo perdí todo, había algo que me intimidaba aún más.

Que alguien me buscara.

Observé a través de la mirilla y, deformado por su gran angular diseño, una figura humana cabizbaja con el rostro oscurecido por el temporal y una capucha gruesa se hallaba al otro lado. A sus alrededores, Ciudad Guyana era bombardeada por el chubasco y mi buscador temblaba bajo la artillería de sus gotas.

Intenté preguntar por su identidad, empero la prolongada falta de conversación mantenía reseca mi garganta y sin práctica sus cuerdas vocales.

Tras un par de intentos, logré preguntar, no sin antes escuchar un séptimo toqueteo de puertas.

-¿Quién… es?

Quien se convertiría en mi efímero interlocutor se paralizó, como si aun esperando mi voz, le helase los huesos más de lo que la lluvia ya se había encargado de hacer. Un profundo suspiro, que deduje tras ver hinchada su caja toráxica, precedió a una respuesta cuya voz y palabras me petrificaron el corazón y la mente.

-Angélica…

Una vorágine de emociones me sustrajo de mi mortandad emocional e hicieron volverme a sentir vivo de un gélido chaparrón en ninguna circunstancia bienvenido.

Absorto en la sorpresa, advertí mi respiración entrecortada y mis pensamientos alborotados, fluyendo sin control hacia todas direcciones y conclusiones. La garganta volvió a secárseme.

-¿Quién? -Volví a preguntar, sin dar crédito a mis oídos.

No recibí respuesta, pero logré ver un mechón cayendo desde la penumbra que creaba la capucha.

Con el corazón latiendo con impulso incombustible, abrí la puerta. El aire helado de la lluvia me lamió el rostro, salpicándome sus gotas, mientras la tranquilidad del silencio era quebrada por la orquesta de las chispas fluviales.

Allí estaba, una figura de un metro sesenta y ocho centímetros que necesitaba la protección de un techo.

La mujer alzó su vista, exponiendo su rostro al rocío. Intercambiamos profundas miradas con el valor de cien mil palabras aun sin inventar, numerosos periódicos que yacían en el umbral fueron echos a un lado y cedí mi paso ante su tránsito por el umbral de mis aposentos, por cuyos pisos pasaba dejando la marca líquida de sus botines marrones.

Cerré la puerta y la tranquilidad auditiva reconquistó la sala. Angélica se erguía a mitad de ella, contemplando las paredes que alguna vez se acostumbraron a sus arreglos, como si tratara de arrancar de ellas los recuerdos de unos días titulares de la responsabilidad de su presencia hoy aquí.

Presté atención a los contornos que dibujaban su presencia física, como si esperara que la ruina habría mellado mi psique, lanzándome a las fauces de la esquizofrenia y a invitar a quien ya no existía en mi vida y morada. No sabía si era mejor verla desaparecer o quedarme con su visión como lúgubre acompañante en, la que suponía, era la postimetría de mi vida.

Permanecimos en aquella estancia privados de cualquier comunicación salvo encuentros visuales de alargados segundos, toda vez que ella acariciaba las áreas con sus ojos y con algún que otro barrido de las yemas de sus falanges sobre objetos cuya estancia hallaban justificación en su vetusta y extraviada voluntad de morar en mis dominios.

Sentía que mis entrañas se licuaban e incontables agujas se deslizaban por las venas de mis extremidades. La cabeza se me alborotó y los erráticos pensamientos que en ella se fabricaban apenas podían apearse ante su acelerada producción.

Sin palabras y acuchillado por su presencia, me enrumbé hacia el baño, buscando espabilarme mojándome la cara para hacer frente a aquella traicionera mujer que me abandonó cuando las circunstancias ya no me favorecían.

Tras salir del baño, no la encontré en la sala. El pasillo lucía mojado con la inconfundible suela de sus zapatos hasta mi habitación. Entré allí y vi sus ropajes externos reposando sin dueño sobre el piso, mientras ella volvía a las sábanas que otrora nos acobijaron.

Yacía boca acabo, en posición diagonal respecto a las geometrías del colchón, con los brazos a la altura de su cabeza y la cabellera fotográficamente desplegada sobre sus hombros. La di por dormida y abandoné toda posibilidad de tertuliar con ella.

Los días se sucedieron sin apenas contarse, grises por fuera y lóbregos por dentro. Angélica hablaba poco, me miraba con temor y vergüenza; se malhabituó a asaltar mi escuálida despensa en ritmos y cantidades que sólo un famélico podría ejecutar.

Las conversaciones entre ambos no excedían los diez minutos y normalmente terminaba ella recordándome el gusto que le daba verme y lo tanto que me había extrañado. Con los días, aprendí que ello significaba el fin de la charla.

No me costó entender que quien de antaño se presentó como mi prometida, en su ausencia se había quebrado su mente, alma o quizá ambos. Angélica lucía una belleza en declive, que se perfilaba como una sombra lejana de un pasado radiante del que sólo los pálidos e inexactos recuerdos guardan registro.

-Recuerdo que te gustaba pintar-, me dijo casi sin mover los labios. Yacíamos acostados en la cama, contemplándome ella y yo al vacío nocturno.

-Aun me gusta, pero ya no tengo el talento para ello.

-Quizá aún lo tienes pero te falta inspiración.

Angélica tomó un suspiro y continuó. -Vi uno de tus cuadros hace un buen tiempo. Lo llamaste «Los hermanos».

-Se lo robaron.

-Eran dos niños observando el amanecer-, continuó, ignorando mi anterior comentario y mis reclamos faciales de aquella opresión a mi libertad de comunicación-, me pareció que nos dibujaste a ambos allí.

-Sólo dibujé a dos hermanos-, acoté.

-Siempre te vi como a uno…

-Eso explica por qué te fuiste.

Angélica me miró, sin decir nada.

-Lo siento… Estaba confundida.

-Ya no importa.

-A mí sí.

-Olvidemos ese asunto.

-Quisiera hablar de ello.

La miré fijamente, buscando malas intenciones tras su mirada, pero me arrepentí de mis pensamientos al encontrar una profunda desdicha de carácter terminal.

Ante la falta de respuesta, Angélica se volteó.

-No sabes cuánto te he extrañado-, sentenció, mientras cubría su cara con la sábana.

Conforme los días se empujaban unos a otros, Angélica asumía el papel de pareja a la vez que sus dotes comunicativas recobraban cadencia regular y normal.

Le conté todo cuanto aconteció en mi vida tras su partida. Mi auge como pintor, la exhibición de mis obras en los museos de arte contemporáneo del mundo, las entrevistas de televisión. Angélica me miraba fijamente, asintiendo y formulando preguntas concisas sobre ciertas anécdotas. Ignorando adrede todo comentario de mis hazañas en el submundo político, le conté cuando el gobierno prohibió mi arte y me persiguió, de mi obligado inquilinato en los calabozos del Helicoide; de las ordalías y de las duras horas donde el hambre se convirtió en la mejor amiga que se puede tener en una prisión donde la luz del sol valía más que el dinero.

-Hice recortes de todas tus noticias-, me informó con sombrío tono. -Pero mi esposo las rompió.

-Qué ejemplar…

Angélica me lanzó una mirada venenosa que no dejé de sostener.

Tomé suspiro y pregunté: -¿Por qué no estás con él ahora?

Ella miró a ambos lados, como si no pudiera invocar respuesta.

-Muchas cosas han cambiado…

Alcé una ceja dudosa que ella no tardó en detectar.

-No recuerdo nada-, dijo, meneando la cabeza y bajando la vista. -De un momento a otro nuestras vidas dejaron de existir.

-Así supongo habrá sido conmigo…

-No-, me interrumpió de golpe. -Me cuesta explicarte…

Observé con detenimiento a aquella mujer, visiblemente amputada por unos recuerdos insepultos que necesitaba escupir… quizá por eso había venido a visitarme.

-Empieza por lo primero que sucedió-, le animé, inseguro de querer escucharla. Ella alzó la vista y fueron sus ojos vidriosos quienes me contemplaron, no ella.

-Hace tiempo lo nuestro ya no funciona. No sé cuándo empezó a degradarse, pero ya no nos soportábamos. Una noche peleamos muy fuerte, ambos estábamos alcoholizados y no recuerdo mucho. Al día siguiente desperté y él ya no estaba. Ni él ni nadie más en la casa.

Hizo una pausa que aprovechó para suspirar profundamente.

-Estaba sola.

-No creo entenderte.

Bajó la mirada, inhaló y dijo: -Yo tampoco entiendo.

-¿Qué fue lo que pasó?

Angélica se apartó.

-Mauricio… te amo mucho-, replicó en tono evasivo. La percibí cansada, como si algo más que las energías la hubieran abandonado.

Sin despedirse y, hediendo a melancolía, se escondió tras las telas cobijales. Yo la imité.

Una vez adentro, me preguntó: -¿Me dejas ser parte de tu vida? Otra vez…

La besé en los labios y con ellos le dije la falta que me hacía.

Desde aquél último día, aquella mujer que en vida se me prohibió decidió acompañarme desde la psique, regalándome los días más preciados como trofeo último de una vida amarga. Nunca más pude tocarla ni besarla, pero ella siempre deambulaba por la comisura de mi vista y me hablaba desde adentro de mis oídos, brindándome las beldades que alguna vez saboreé.

Un tapiz de nubes grisáceas adornó la bóveda celestial, le acompañó un ligero ventarrón que luego prefació un agüero cuya manifestación se materializó antes del mediodía. El sujeto, cuya humanidad había sido reducida al punto que los guardias lo llamaban «la criatura», yacía sentado en una esquina de su celda, emitiendo sonidos cuya identificación pisoteaba la frontera del sollozo y la alegría.

Una mano extendió un plato de sopa fría, su dueño, aunque acostumbrado a profanar la dignidad ajena, jamás dormiría tranquilo después de ver los «ojos» de la criatura. El carcelero se alejó impaciente, preguntándose si debajo de la piel del mutilado preso se escondía Satanás, listo para reclamar el alma de los habitantes de aquella mazmorra.

La funesta criatura, para quien el movimiento era un castigo dadas las limitaciones impuestas por sus extirpadas articulaciones, bebió la sopa como un perro. Ya no sabía por qué lo hacía: se sentía incapaz de saborear y tampoco encontraba sentido a la «alimentación». Solo un perverso ángel -una morisqueta atorrante del pasado- era cuanto le quedaba en la consciencia; la criatura lo amaba y aquello era suficiente para prolongar su condena, el ángel sonreía mientras de él se alimentaba, la criatura era ahora más suyo que de sus carceleros, era ahora un prisionero del cielo.