Aunque el adjetivo en sus orígenes tuvo voluntad lesciva, muchos venezolanos olvidan que las palabras, cuando cruzan fronteras, suelen perder su significado.

Lo absurdo siempre encuentra infinitas maneras para manifestarse. En el contexto del emigrante venezolano, donde vivir dignamente es una variable a definir diariamente, hay muchos que añaden un -absurdo- problema más a sus vidas: la extrema molestia de ser llamados «venecos».

Me refiero especialmente a los los venezolanos residentes en Perú que han armado todo un espectáculo por este adjetivo, quienes parecen desconocer que algo tan natural apodar gentilicios es común en todos los países.

Sé perfectamente que, dentro de las fronteras colombianas, «veneco» es un término peyorativo a nuestra comunidad, aunque su significado real es motivo de desacuerdo: mientras unos dicen que significa «VEnezolano COño de tu madre», otros sostienen que viene a señalar a un venezolano cuyos padres se reparten entre estas dos nacionalidades.

Llegué a Lima el 17 de marzo del 2014. Para el 15 de abril ya tenía trabajo y todos me llamaban (y los amigos que allí hice lo siguen haciendo) «el veneco». Para la fecha que escribo esto ya han pasado 4 años y nunca he sentido la más mínima mala voluntad en tal adjetivo que el de referirse a mí bajo estándares de comunicación informales y, recalco, no agresivos.

Y eso es lo que sucede en Perú, un país con una cultura y gente diferente a la colombiana, donde encontramos palabras con significados diferentes: un venezolano no puede decir que estás arrecho porque aquí eso significa que tiene unas poderosas ganas de tener relaciones sexuales. Pendejo no es una persona bruta, sino avispada. Cuadrar no es enamorar a alguien o agendar algo, es «pegar un quieto».

Tras esos pocos ejemplos, es fácil deducir que el significado de ciertos usos informales o coloquiales es endeble al traslado de una frontera/cultura a otra. Si en Colombia se usa veneco para insultarnos, en Perú es un mero identificativo.

Incluso no se necesita de fronteras para que el significado de ciertas palabras cambien. El paso del tiempo puede ser el único ingrediente para que tal modificación se de: todo venezolano debería saber que «gocho» era un término peyorativo surgido en medio de la Revolución Liberal Restauradora y que fue perdiendo tal carácter especialmente desde la campaña presidencial de Carlos Andrés Pérez («el gocho pa’l 88»), hasta el punto que hoy son muchísimos los que se declaran «orgullosamente gochos» desconociendo el origen peyorativo del término.

Y aún con tal precedente, son muchísimos los venezolanos que, aquí en Perú, se rasgan las vestiduras cada vez que alguien que les dice «veneco» sin siquiera imaginar que es un insulto, pero ello no excluye el ejercicio mental que cualquiera debería realizar para darse cuenta que, como con los delitos, los insultos se determinan en función de la intencionalidad de quien los dice. O sino, ¿le dices marico a tu pana con el objetivo de destacar peyorativamente su condición sexual? No, obviamente que no.

Sucede que, ante la extensión de algunas palabras, las jergas ofrecen una abreviatura no reglamentada que facilita la economía lingüística. ¿O se olvidaron de aquel pana apedillado Dos Santos al que le decían «el portu»? Acá en Perú a los colombianos se les dice «colochos» y vi tal término usarse tanto a modo de mero identificativo como insultivo de acuerdo al contexto y tonalidad de la oración, así como cuando alguien dice «negro» a… un negro.

Recordemos que estamos en otro país con costumbres dispares a la nuestra. Venezuela no es el molde cultural del mundo y nosotros estamos en casa ajena, somos los que tenemos que adaptarnos a las costumbres locales, no al revés. Y no, no es un llamado a la sumisión, es un llamado al sentido común. ¿O acaso vas a casa de tus vecinos a imponer tus modismos y costumbres?

No seamos huevones. A ti no te dicen veneco por sacarte la piedra, eres tú solito el que se ofende.